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Educación social y comunitaria: ¿De qué educación hablamos?

Escribe: Elizabeth Salcedo [1]

En pleno siglo XXI y en un contexto en que conviven diversas problemáticas sociales se demandan de aprendizajes diferentes para la vida. Algunos se construyen desde la educación básica, técnica y superior, pero una gran cantidad de los conocimientos que permiten resolver problemas sensibles de la sociedad se construyen hoy desde otros espacios diversos del ecosistema educativo, espacios aun poco visibles para la propia “educación oficial”. Hablar de educación social y comunitaria en tiempos actuales es develar un campo de actuación donde confluyen múltiples trayectorias y culturas educativas, conjunto de intervenciones y experiencias que se realizan principalmente desde la sociedad, algunas recogidas, valoradas y extendidas por la política pública, otras que incluyen iniciativas públicas y privadas.


Nos referimos a un inmenso y diverso capital educativo existente, que aunque carece de un vínculo identitario común, y de una construcción conceptual única, resulta necesario recuperar, valorar, avanzar en su reconocimiento, articulación y acreditación, como campo estratégico de resiliencia ante la crisis y como medio de transformación social, económica y cultural hacia una vida más humana, más digna; de respeto a los derechos fundamentes de las personas y en convivencia armónica con la naturaleza.


Hablamos de una educación que es “social” para referirnos a formas de enseñanza aprendizaje, inherentes a la sociedad y a las personas. Se trata de una modalidad educativa que acompaña a la vida humana y que puede ser transversal a las políticas e intervenciones públicas y privadas que buscan resolver problemas diversos de las personas, territorios y ambientes. La educación social forma para la ciudadanía, para el cuidado del ambiente, para enfrentar situaciones de riesgo, para reducir las vulnerabilidades, para ejercer derechos, para superar la pobreza, para insertarse al mundo laboral, para mejorar los cuidados de las personas a lo largo de la vida, para reducir la violencia, para equilibrar la vida emocional, para lograr una formación continua ante diferentes necesidades de la vida. Es una educación no “sectorializada” porque no se limita a un ámbito, o con una población objetivo particular.


Es una educación multidisciplinar, que atiende la multidimensionalidad de la persona humana y que responde a las necesidades derivadas de sus diversos “funcionamientos” (Sen 1999) para la vida.


Esta educación es también comunitaria, porque en muchos casos su referente de origen o de intervención, no es solo la persona como individuo, sino como sujeto colectivo social. La comunidad no solo es definida antropológica o sociológicamente, (aunque estas disciplinas sean útiles para comprender la realidad concreta de cada comunidad de intervención), sino más bien como grupos que interactúan con algún sentido de pertenencia a un tipo de colectivo que puede tener diversos fines educativos: humanistas, económicos, políticos, ambientales, culturales.


La educación de la que hablamos es también “comunitaria” porque intenta recuperar y valorar formas de aprender y de saber de comunidades que han aportado a su cultura, un legado de conocimientos y formas de enseñanza que les han permitido avanzar generación tras generación.


Como vemos, se trata de “otra educación” que alberga una diversidad de experiencias de distinto origen cultural, pero conectadas con una sola finalidad: mejorar la calidad de vida de su gente.

Son procesos educativos que generan valor público, de manera casi invisible, con escasos recursos, pero con impactos significativos en la vida de las personas y que descansan en la responsabilidad de educadores muy diversos.



En nuestra próxima nota: ¿Quiénes son los educadores sociales y comunitarios en el Perú?

[1] Elizabeth Salcedo es Trabajadora Social, Doctora en Educación. Docente de postgrado, en Temas de Educación y Desarrollo

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